El marinero de la estrella. (Romántico)

Desde el bar del hotel podían verse algunas gaviotas sobrevolar el muelle deportivo; las aves hacían giros en el aire con el rojo atardecer de fondo. Olía a espuma saltarina de sal. Ramón saboreaba un vaso de té verde y ojeaba su reloj, que marcaba las nueve y diez de la noche. Un atardecer tardío; en verano, por las costas del Atlántico oscurece a esas horas. 
 
Cogió parte de los ahorros que poseía y decidió pasar una noche a solas en un gran hotel con vistas al Océano Atlántico. Vestía unos tejanos y una camiseta a rayas horizontales azules y blancas. Con su mano derecha manoseaba un ámbar, mientras no perdía detalle de la puesta de sol. Ramón vio irse al astro rey ocultándose en la mar. Él también se ocultaría bajo la ducha una vez sorbido su té. Pensó. 
 
Treinta años antes había visitado aquel lugar con sus padres, aunque el hotel no existía por aquel tiempo. El sol aún no se había ido y llamó al camarero pidiendo un ron miel con hielo. 
 
Tenía un recuerdo muy especial de aquel pueblecito marinero. Siendo un adolescente conoció a una chica preciosa con la que intimó en una fiesta y con la que bailó un par de piezas; se besaron y pasaron la noche juntos en la playa hasta el amanecer y horas más tarde, Ramón, regresó con su familia a la ciudad a la que pertenecía a miles de kilómetros de distancia. Y nunca más volvió a verla. Mantuvieron correspondencia durante algunos meses, hasta que finalmente ella cortó la comunicación, aduciendo que había encontrado un buen chico con el que finalmente se casó. Él se quedó soltero y hondamente apenado; cuando la vio por primera vez tuvo la plena seguridad que aquella chica era la mujer de su vida. Tras superar su trance amoroso dedicó su vida a la pesca profesional, pues su familia poseía tres barcos de pesca artesanales. 
 
Recordando aquel baile dulce y romántico de sus años mozos una vez más, sorbió de un trago su ron miel y subió a su habitación a recrearse un poco bajo la ducha, antes de bajar a cenar al restaurante que el hotel tenía con vistas a la playa. 
 
La noche había caído sobre aquel precioso paraje marítimo y Ramón tras haberse duchado y acicalado, bebió dos o tres vodkas del mini bar, sentado en el sillón que había en el balcón con vistas al horizonte marino; a la luna de esa noche, que llegaba vestida de plata llena, esplendorosa y acompañada de millones de estrellas… 
 
Debido a la crisis económica, su negocio, estaba a punto de derrumbarse, como él. Siempre deseó tener una familia, pero a sus años, ya no albergaba ilusiones de tener hijos ni adoptarlos y mucho menos de encontrar una mujer a la que amar y ser correspondido. Mientras miraba a la luna, tocado un poco por el alcohol, tuvo la idea de buscar en el listín telefónico el nombre de aquella chica, que quedó anclada en el pasado. Tomó otra botellita de vodka de un trago y sin dudarlo marcó el número. Daba señal de llamada, pero nadie cogía el teléfono, así una y otra vez, hasta que desistió. ¿Sería su número el qué figuraba en esas páginas? ¿O sería de otra persona qué se llamaba igual que ella? Se encontraba un poco aturdido y decidió olvidar aquel asunto. Se enjuagó la cara y tras ajustarse su corbata se dirigió al restaurante del hotel en la playa, donde causalmente esa noche, una pareja de novios se casaban por el rito cristiano a orillas del mar, según le habían informado en recepción.
 
Cuando cruzó la puerta que daba acceso al restaurante, su corazón le dio un vuelco, su rostro se tornó pálido, cuando leyó el nombre del bar. Uno de los camareros le preguntó si se encontraba bien y Ramón solicitó una mesa apartada del tumulto de la noche. Pidió vino blanco y algo de pescado y observó que todos los camareros que atendían las mesas le miraban de soslayo con media sonrisa pintada en sus caras. Debo tener un aspecto deprimente se dijo. Los novios aún no habían llegado, pero los invitados a la ceremonia si. Allí se encontraría a salvo y tras apurar la última copa de su botella de vino pidió la cuenta, claro que no fue la cuenta lo que le llevaron, sino una copa de champán cortesía de los novios que acababan de llegar para contraer nupcias. Entonces miró hacia el nombre del bar, por si al entrar allí no había leído bien, su asombro se convirtió en certeza, porqué aquel restaurante del hotel se llamaba: “El marinero de la estrella” Recordó entonces aquellas palabras de su gran amor juvenil treinta años antes:  “Si alguna vez navegas de noche y te sientes solo, siente que eres el marinero de la estrella”.  Dos lágrimas lentas bajaron entonces de los ojos de Ramón. En ese instante el metre le dejó una nota y le dijo: 
 
− Señor alguien ha dejado esta nota para usted. 
− De acuerdo gracias. 
 
Abrió el sobrecito y leyó:  “Por favor, levántese de su asiento y vaya hasta el altar, su novia lo espera”. 
 
En ese momento todos los allí reunidos unas quinientas personas se volvieron hacia él y comenzaron a aplaudir. Ramón preso del pánico se levantó y echó a correr por el pasillo de acceso, pensando, claro está, que todo había sido una broma de muy mal gusto, entonces una voz lo frenó:
 
− ¡Ramón! Soy yo, Estrella. Él se acercó y la abrazó, luego le preguntó porqué iba vestida de novia a lo que ella contestó:
− ¿Recuerdas lo qué te dije? “Si alguna vez navegas de noche y te sientes solo, siente que eres el marinero de la Estrella”. 
 
Ambos se besaron profundamente; ella cogió su mano y lo llevó hasta el altar, donde se casaron ante la luna vestida de plata rodeados de millones de estrellas. 
 
                                              FIN
Un relato de Jorge Ofitas.
Sevilla. 2013. ©. ®.
 
 

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